El reto de hacer dieta

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Recientes investigaciones demuestran que más de la mitad de las personas que inician una dieta acaban con un 107% de su peso inicial. Parecería entonces que la solución a la pérdida de peso pasaría por no hacer dieta! Cuando una persona se plantea como objetivo perder peso, por motivos de salud, vanidad o simplemente para vestir su talla de una forma menos ajustada, inicia una dieta en la que deberá identificar los comportamientos que impiden alcanzar su objetivo y que tienen que ver generalmente con sus hábitos alimenticios: por ejemplo, porciones que son excesivas, no renunciar a los aperitivos, platos demasiado grasos, etc.

¿Porqué entonces esta persona, tras la dieta, no sólo recupera su peso inicial sino que engorda algo más? Porque tras la reflexión sobre cuáles son sus comportamientos obstaculizadores, debería ir más allá y profundizar sobre aquello que hace – y que va en contra de su objetivo de pérdida de peso – pero que, sin embargo, tiene todo el sentido del mundo para él o para ella. Se trataría de identificar los compromisos ocultos que dan validez a los comportamientos que me impiden lograr el objetivo de adelgazar. Por ejemplo, esta persona podría llegar a descubrir que es incapaz de decir “No, gracias” cuando le sirven una segunda ración en una comida familiar porque cree si lo hiciera podría llegar a “disgustar”, “decepcionar” o “minusvalorar” las muestras de cariño de quien ha cocinado y que expresa su amor a través de sus platos.

Lograr reducir peso a través de una dieta no es algo sencillo porque no se trata de un desafío de orden técnico – consistente en cambiar mis comportamientos – sino de algo más profundo: entender los comportamientos y las creencias que construyen mi sistema inmunitario hacia ese cambio. Y en esto consisten precisamente los retos de naturaleza adaptativa.

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La simple historia de unas piedras

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Unas simples piedras en un frasco sirven para ilustrar lo que realmente priorizamos en nuestras vidas. Imaginad que alguien nos pregunta: “¿Qué prioridad das realmente a lo más importante de tú vida?” Para contestarnos, esta persona sostiene un frasco de vidrio vacío, en el que se dispone a volcar el contenido completo de tres vasijas que contienen, por separado, piedras, guijarros y arena. Comienza su trabajo, vertiendo primero la arena, luego los guijarros y finalmente las piedras.

¿Cuál es el resultado? Pues que la arena primero – que no es otra cosa que los emails y tareas no prioritarios con los que “rellenamos” sin darnos cuenta la jornada – y los guijarros después – aquellas tareas de mayor importancia que podríamos organizar de una manera más efectiva – impiden introducir todas las piedras en el frasco – que son realmente los objetivos  prioritarios en nuestras vidas!.

¿Qué tal nos iría si invertimos el orden de colocación? Probablemente mucho mejor. Ubiquemos en primer lugar las piedras dentro del frasco, luego los guijarros – que irán rellenando los espacios vacíos de las piedras – y finalmente volquemos la arena, que acabará por rellenar todos los intersticios disponibles en el frasco. De este modo sí resultará posible ubicar el contenido de las tres vasijas dentro del espacio limitado del frasco, que no es otra cosa nuestro propio tiempo.

Puedes ver más sobre esta sencilla historia a través del creador de la misma, Stephen Covey: https://www.youtube.com/watch?v=fmV0gXpXwDU

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¿Qué haces cuando tú perro ladra?

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Si tú perro ladra, te está avisando de algo. Puedes ignorar este aviso, apartando al animal, o tomarla contra el perro mandándolo callar. En ambos casos pierdes una oportunidad: entender qué se avecina, qué puede estar pasando. La amígdala, un pequeño órgano situado en nuestro cerebro, alberga un particular perro guardián que siempre nos avisa cuando se siente amenazado o en riesgo. Este compañero de viaje resulta ser, ni más ni menos, nuestro propio repertorio emocional.

Cuando sentimos tristeza, ansiedad, temor, enojo o culpa,… nuestro “compañero” nos está avisando de algo, nos está dando una señal que, si la leemos adecuadamente, nos llevará a actuar de una determinada manera. Ahí está la clave: ¿Qué hacemos cuando ladra nuestro “perro”? ¿Nos damos cuenta de esta señal de aviso? e, igual de relevante: si efectivamente nos damos cuenta del aviso ¿Qué hacemos con él? Dos son las respuestas más comunes e inefectivas: “huir” del mismo o bien “aplastarlo”, negándolo o ignorándolo.

Existe un camino alternativo al de la huida o la confrontación. Consiste en saber leer e interpretar el mensaje que nuestro “guardián” nos trae, y responder al mismo de manera consciente, eligiendo un comportamiento que sea para nosotros legítimo y honesto. Si somos capaces de hacer esto, estaremos construyendo un “puente” que transita entre la amígdala y el neocórtex, la parte del cerebro que alberga nuestra capacidad de reflexión y enjuiciamiento. Este proceso es lo que la ciencia del cerebro denomina “reconsolidación”, consiste en reconfigurar la actividad cerebral que nos viene dada y que no podemos modificar (en la amígdala) en respuestas escogidas conscientemente (procesándolas mediante el neocórtex).

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¿Porqué nos cuesta tanto cambiar?

Ganar importa, pero no es lo único importante valentin giro autor consultor trainer alpinista

¿Quién no se ha visto, en alguna ocasión, incapaz de lograr cambios importantes en su vida, a pesar de proponérselo? Los datos muestran, por ejemplo,  que un 90% de las dietas revierten, tras la pérdida de peso inicial, en una ganancia del 107%. Seguro que muchos de nosotros hemos trabajado en alguna organización donde se han impulsado procesos de cambio que no han llegado a buen puerto.

Una reciente investigación en el ámbito de la salud publicada en la revista Fast Company recogía una evidencia alarmante. Se preguntaba a una muestra de cardiólogos qué sucedía cuando alertaban a sus pacientes crónicos que – literalmente – fallecerían si no modificaban sus hábitos de vida en cuanto a dieta, ejercicio y tabaco.  La respuesta resultaba demoledora: tan solo 1 de cada 7 pacientes era capaz de hacer esos cambios.

Nos cuesta enormemente cambiar, incluso en situaciones críticas, porque consideramos que las creencias que han construido nuestra identidad personal son incuestionables. Por eso, estas creencias, rutinas y principios acaban atrapándonos, manejándonos y gobernándonos. Es lo que K. Eigel, en su investigación “Leader Effectiveness” (PhD diss., University of Georgia, 1998), señala como quedar sujetos a nuestros propios modelos mentales (“que nos tienen”).

El verdadero cambio únicamente es posible si tomamos una mayor conciencia de nuestras creencias, rutinas y creencias y somos capaces de revisarlas, en lo que nos funciona y lo que nos obstaculiza hacia donde queremos ir. Solo con este mayor grado de complejidad mental Eigel señala que es posible el cambio, observando nuestros modelos mentales como si en realidad fueran un objeto (“los tengo y decido qué hacer con ellos”).

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La madre de Marty conduce a los 95 años

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En su libro “The Practice of Adaptive Leadership” Ron Heifetz, Alex Grashow y Marty Linsky profundizan en la distinción entre los desafíos de orden técnico y adaptativo. Esta distinción resulta clave para entender las dificultades que los adultos tenemos a la hora de abordar un cambio. Nada más clarificador que un buen ejemplo. Heifetz nos habla de Ruth, la madre de su socio Marty, una venerable mujer que aún conduce a los 95 años, incluso de noche. Ruth conduce a menudo su vehículo desde la ciudad de New York, donde vive, hasta Cambridge (Massachusetts) para encontrarse con su hijo que da clases en la Kennedy School of Government (Harvard University).

Últimamente Marty se ha dado cuenta de que el coche de su madre muestra golpes y abolladuras. La cuestión, hasta aquí, parece simple: se trata de llevar el coche a reparar y de que Marty le pida a su madre que viaje hasta Cambridge de otro modo: con un taxi, en avión o incluso en tren, son diversas las opciones de transporte que existen. Este sería un abordaje, puramente técnico, que Marty podría plantearse para mirar de cambiar las cosas. Sin embargo, este enfoque – que descansa aparentemente en un cambio de comportamientos – no va a resultar exitoso en el caso de Ruth.

El reto de cambio de Ruth no es de naturaleza técnica sino que es mucho mayor, es de tipo adaptativo. Para Ruth, conducir a la edad de 95 años (incluso de noche) es algo que la hace sentir especialmente orgullosa y que construye su identidad como ser humano. Y dejar de conducir va a producir en ella un sentimiento de pérdida de una parte de su identidad como persona todavía independiente. Ahí está la clave, Ruth solo decidirá dejar de conducir si revisa sus creencias y acepta que ello va a comportar, de forma inherente, alguna pérdida pero también nuevas posibilidades.

Como en el caso de Ruth, sólo afrontaremos con éxito el cambio de aquello que realmente nos importa si somos capaces de revisar y cuestionar nuestras creencias actuales; en esto consiste el reto adaptativo del cambio.

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