La cordillera del Karakorum

La cordillera del Karakorum
La cordillera del Karakorum, probablemente la Meca de cualquier alpinista

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

Probablemente la Meca de cualquier alpinista

Yo había estado en Pakistán por última vez en 2003 con Elsa, mi compañera, intentando la ascensión del Spantik (7.027 m); sé que soy muy afortunado porque puedo compartir con mi pareja algunas de mis expediciones y eso añade un factor esencial de complicidad y apoyo entre nosotros. Óscar y los jordis también habían estado antes en aquella región escalando, pero para Manel era la primera vez. Él había ido mucho a Nepal y le hacía especial ilusión descubrir y caminar el mítico trekking del glaciar del Baltoro (en la región del Baltistán) en el Himalaya pakistaní, la zona de la cordillera del Karakorun donde se encuentra el K2 y todas las montañas más altas de Pakistán – más de cien cumbres que superan los 7.000 m de altura y cinco de los catorce ochomiles de la Tierra – y probablemente la Meca de cualquier alpinista.

Tíbet y Nepal son dos países espectaculares, sus montañas son altísimas pero muestran un perfil más compacto y homogéneo, algo menos vertical y provocador que las montañas del Karakorum, donde las cumbres son literalmente como dientes afilados, elegantes y orgullosas, lo que las hace doblemente impresionantes y bellas. La primera vez que las ves al natural sientes algo muy parecido al enamoramiento, a la fascinación y al deseo más absolutos.

Llegamos por fin a Islamabad la madrugada del 3 de junio y, como siempre que he aterrizado en Asia, me invadió una sensación automática de conexión con otro mundo: el calor y la humedad, los olores, la gente, los sonidos, el caos. Islamabad es una ciudad que se construyó de nueva planta en la década de los sesenta. Al independizarse Pakistán de la India en 1947, cientos de miles de personas buscaron refugio en la ciudad de Karachi, que fue elegida capital del nuevo país. En cuatro años Karachi pasó de tener medio millón de habitantes a contar con dos millones, lo que supuso un choque entre diferentes grupos étnicos dentro de la ciudad. El gobierno militar de Pakistán, bajo la dirección del presidente Ayub Khan, decidió entonces buscar un emplazamiento en el centro del país para la nueva capital que se llamaría Islamabad, que significa “ciudad del Islam”, símbolo del nuevo Estado islámico. Está a tan solo catorce kilómetros de Rawalpindi, la capital histórica bajo el dominio británico y que fue nombrada capital temporal hasta que la nueva Islamabad la reemplazó en 1967.

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