Valentín Giró reflexiona sobre el rol de la mujer en Baltistán

Valentín Giró reflexiona sobre el rol de la mujer en Baltistán
En las zonas más remotas de Karakorum, las mujeres todavía se compran y se venden

En junio del año 2004 un pequeño equipo de cinco alpinistas – Óscar Cadiach, Manel de la Matta, Jordi Tosas, Jordi Corominas y Valentín Giró – partimos, rumbo a Pakistán, con un gran sueño a cuestas: escalar el K2, la “Montaña de las montañas”, por la vía Magic Line. Con sus 8.611 metros de altura el K2 no es únicamente la segunda cumbre más alta de la tierra. Su desnivel y verticalidad la convierten en el único ochomil que permite divisar, desde el Campo Base, a un alpinista que esté situado en la misma cumbre. Se dice del K2, por su dimensiones, que es una montaña que empieza donde otras acaban. Estimado lector, a través de mi Blog quiero compartir contigo esta historia que ha marcado mi vida para siempre, por lo que viví y aprendí, pero, sobre todo por lo que en ella perdí. La historia de la Magic Line del K2 narra cómo cinco alpinistas que compartían unos valores se entregaron para hacer realidad un ambicioso sueño. Espero poder transmitirte fielmente todo esto y mucho más a lo largo de sucesivos posts que iré publicando.

En las zonas más remotas de Karakorum, las mujeres todavía se compran y se venden

Recuerdo algunas de las conversaciones que mantuve con mis compañeros en ese trayecto, a veces individualmente y otras en grupo. Además del tema común de la montaña, que nos apasionaba a todos por igual, el contacto con el país generó entre nosotros muchas reflexiones, sobre todo con Manel. Compartíamos muchos puntos de vista y para mí siempre era estimulante hablar con él sobre esos temas. Su sensibilidad y su aproximación humanista y libre de prejuicios me admiraban y podíamos caminar horas, conversando, sin darnos cuenta de que lo que nos hacía avanzar eran nuestros pies. Lo que más duro se nos hacía al intentar comprender ciertas realidades de Pakistán era el tema de la mujer. Cuando uno se adentra en los Territorios del Norte de Pakistán se da cuenta del lastre cultural que la sociedad carga en relación a esta cuestión. En la zona del Baltistán especialmente, al llegar a un pueblo no alcanzas a ver ni una sola mujer, se esconden en las casas y es del todo imposible hablar con ellas.

Esta forma de entender el papel de la mujer en la sociedad resulta compleja de entender bajo nuestra mirada. En las zonas más remotas de Karakorum, las mujeres todavía se compran y se venden. Existe sin embargo una zona, más al norte – el valle de Hunza, fronterizo al Baltistán – de mayoría ismaelita, una rama más moderada del islamismo, donde el trato con la mujer es menos excluyente, pero en el Baltistán la situación es dura y terriblemente ancestral. La mujer trabaja únicamente en la casa, relegada al cuidado del ganado y de los niños y cultivando la escasa tierra fértil de estos valles. Durante los meses de verano el cabeza de familia trabaja como porteador de expediciones, y ése se convierte en el ingreso fundamental de la familia para el resto del año. Tampoco es raro que algunos de ellos partan en busca de trabajo hacia alguna capital durante el invierno y es la mujer la que cuida del hogar – a menudo en compañía de sus hermanas y padres – durante los meses más duros del año.

En el vecino valle de Hunza, este paisaje humano se transforma sustancialmente. Allí, donde la KKH se enfila hacia su punto culminante – el Khunjerab Pass a 4.693 m y que marca la frontera entre China y Pakistán – las montañas son tan brutalmente verticales como en Baltistán. Sin embargo, allí se pueden ver mujeres y jóvenes con el rostro descubierto, vistiendo colores alegres y saludando sin apartar la mirada. Los ismaelitas de la zona, cuyo imán o líder espiritual es el príncipe Karim Aga Khan, reconocen el papel fundamental de la mujer en la familia, en la educación de los hijos y en la sociedad. En Hunza y en los valles aledaños de la región, como Shimshal, las mujeres y los hombres cultivan la tierra mano a mano y, de junio a octubre, cuidan del ganado en los prados altos y elaboran los alimentos – yogur, mantequilla y queso – necesarios para pasar el crudo invierno.

La vida y la economía de los shimshalíes y de las gentes de Hunza están estrechamente ligadas al ciclo de las estaciones. En el verano las mujeres, junto con sus hijos, dejan los valles para llevar a los yaks hasta los prados, a más de 4.000 m de altura. Durante estos meses algunas de ellas dan también a luz; la vida se abre camino en esta tierra como puede, a pesar de que todo resulta precario y escaso. Hacia finales de octubre, momento del kuch o trashumancia, las mujeres regresan al valle, con parte de los rebaños, para la venta de carne y con la carga de productos elaborados. Sin medio de comunicación alguno, las familias se separan cada año durante cinco meses y las noticias van y vienen gracias a los porteadores que bajan y suben de los valles, acompañando a trekkings y expediciones.

En Nepal, por otro lado, en una cultura mayoritariamente budista, las mujeres toman un especial protagonismo y participan de la gestión de los ingresos del hogar, ayudando a llevar los hostales y pequeños alojamiento que pueblan, por ejemplo, el valle del Khumbu. Incluso algunas familias, gracias a este trabajo y a los ingresos del marido como sherpa en expediciones han podido enviar a sus hijos a estudiar al extranjero y labrarse un futuro. En Pakistán esto resulta, hoy por hoy, imposible ya que la mujer – piedra angular de la economía en cualquier país en desarrollo – sigue siendo prisionera de una obscena ciudadanía de segunda clase.

Pakistán sigue siendo un país muy convulso, culturalmente atrapado por lastres importantes. Sus gentes son acogedoras y muy generosas, pero sufren el drama de un país donde unas elites, políticas, militares y económicas se adueñan de más de la mitad del PIB, mientras que la mayoría de la población carece de servicios básicos de sanidad, educación y comunicaciones. Este contexto de brutales desigualdades es el caldo de cultivo ideal para que cualquier radicalismo se haga fuerte, ya que junto con la pobreza y falta endémica de oportunidades, Pakistán ostenta una importante posición geo-estratégica que lo convierte en una pieza clave en el tablero de la política internacional.

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